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sábado, 21 de octubre de 2017

La Irritante Caperucita Roja



La irritante Caperucita Roja

 Hace mucho tiempo atrás me hice conocido, desde entonces aparezco en libros y películas en donde se cuentan historias sobre mí, pero pocos realmente me conocen. Soy el Lobo, actualmente entretengo a mis nietos contándoles las aventuras que tenía cuando era joven. Hoy les contaré su historia favorita, que dice así…
Tiempo atrás, cuando era joven, vivía en un bosque poco transitado. Allí pasaba mis días buscando alimento y entretenimiento. Un día soleado una niña del pueblo entró a un sendero del bosque, llamaba mucho la atención ya que vestía una caperucita roja y levaba una enorme canasta. Como estaba aburrido decidí hablarle, hoy en día me arrepiento. La saludé y le pregunté a dónde se dirigía y ella me respondió con una voz chillona:
-Voy a ver a mi Abuela, y a llevarle una torta con un tarrito de mantequilla que le envía mi Madre.
Debo admitir que no esperaba tanto detalle de una extraña pero me dio curiosidad y le pregunté dónde vivía su abuela, solamente para seguir la conversación. Sin embargo Caperucita Roja cuando comenzó no paró de hablar, como ya era irritante la invité a competir una carrera. Le propuse que el que llegara primero a la casa de la Abuela sería el ganador, pero debíamos ir por dos caminos diferentes. La inocente niña accedió al instante, y de más está decir que la envié por el sendero más largo así podría librarme de su odiosa voz por más tiempo.
Pronto llegué a la casa de la anciana, era una choza deteriorada y con apariencia de abandono, estaba seguro que si la soplaba fuerte se derrumbaría completamente. Me senté en el jardín a esperar a Caperucita, pero con el paso del tiempo mi aburrimiento crecía, así que decidí tocar la puerta de la casa.
-¿Quién es?- dijo una débil voz del otro lado de la puerta.
-Soy yo- respondí sin pensar en lo absurdo de la respuesta. La anciana abrió confiada y en seguida me dijo:
-¡Caperucita, qué fea estás! ¿Qué me trajiste hoy?
Evidentemente la sutileza no era su fuerte y la Abuela necesitaba anteojos porque, no seré hermoso, pero tampoco para tanto. Ignoré su comentario y le pregunté cómo se sentía, el segundo error del día, porque la anciana comenzó a hablar y hablar sin detenerse. Probablemente hablar demasiado era algo de familia, la señora me decía que yo había aumentado de peso y que mi tapado de piel era áspero y opaco. Luego me criticó la nariz y las orejas grandes. ¡Qué odiosa anciana! De repente me cansé y sin pensarlo la devoré. Al segundo me sentí muy culpable.
-¡Pobre abuelita! ¿Qué he hecho?- me preguntaba en voz alta angustiado. En ese instante alguien tocó la puerta, ¡era Caperucita! Impulsivamente me puse el camisón de la anciana y me metí en la cama ocultando mi hocico, de esa forma evitaría que su nieta se entristeciera por la pérdida.
-¿Quién es?- pregunté agudizando mi voz.
-Soy Caperucita Roja- respondió con una voz agitada del cansancio, debía estar cansada por la larga caminata.
-¡Caperucita querida! Adelante, ¿Qué me trajiste? – le dije imitando la poca sutileza de su Abuela.
-Abuela te traje torta y un tarrito de mantequilla que te envía mi Madre.
Con gusto probé la comida, pero era tan horrible que la tuve que escupir a un lado de la cama sin que la niña viera. Pronto la pequeña comenzó a hablarme, parecía un interminable monólogo hasta que dijo:
-¡Abuelita, qué brazos más grandes tienes!
-Son para abrazarte mejor, hija mía- dije impaciente.
-¡Abuelita, qué piernas más grandes tienes!
-Son para correr mejor, niña mía- respondí cansado.
-¡Abuelita, qué orejas más grandes tienes!
-Son para oír mejor, mi pequeña- le dije al borde del colapso.
-¡Abuelita, qué ojos más grandes tienes!
-Son para ver mejor, mi dulzura- dije con hartazgo.
-¡Abuelita, qué dientes más grandes tienes!- Ya no soportaba más esa situación denigrante, esa niña con sus insultos logró sacar lo peor de mí, me cansé y grité:
-¡Son para comerte!- y eso hice. Me la devoré porque era lo mejor, ninguna de las dos tenían derecho a tratarme de esa manera, yo no había hecho nada para ser insultado así. Finalmente me dirigí a la oscuridad del bosque y desaparecí de la casa sin dejar rastros.
Y así, mis queridos nietos, termina su cuento favorito en donde su abuelo el Lobo se hizo famoso. Espero que la hayan disfrutado tanto como yo, porque esa aventura termina con un final feliz, al menos para mí.








¡CAPERUCITA ROJA CELEBRA CONMIGO!

Mientras iba paseando por la gran ciudad, observé a lo lejos a una niña que había visto en el tiempo de “Había una vez”, pero en ese tiempo...