La irritante Caperucita Roja
Hace mucho
tiempo atrás me hice conocido, desde entonces aparezco en libros y películas en
donde se cuentan historias sobre mí, pero pocos realmente me conocen. Soy el
Lobo, actualmente entretengo a mis nietos contándoles las aventuras que tenía
cuando era joven. Hoy les contaré su historia favorita, que dice así…
Tiempo atrás,
cuando era joven, vivía en un bosque poco transitado. Allí pasaba mis días
buscando alimento y entretenimiento. Un día soleado una niña del pueblo entró a
un sendero del bosque, llamaba mucho la atención ya que vestía una caperucita
roja y levaba una enorme canasta. Como estaba aburrido decidí hablarle, hoy en
día me arrepiento. La saludé y le pregunté a dónde se dirigía y ella me
respondió con una voz chillona:
-Voy a ver a
mi Abuela, y a llevarle una torta con un tarrito de mantequilla que le envía mi
Madre.
Debo admitir
que no esperaba tanto detalle de una extraña pero me dio curiosidad y le
pregunté dónde vivía su abuela, solamente para seguir la conversación. Sin
embargo Caperucita Roja cuando comenzó no paró de hablar, como ya era irritante
la invité a competir una carrera. Le propuse que el que llegara primero a la
casa de la Abuela sería el ganador, pero debíamos ir por dos caminos
diferentes. La inocente niña accedió al instante, y de más está decir que la
envié por el sendero más largo así podría librarme de su odiosa voz por más
tiempo.
Pronto llegué
a la casa de la anciana, era una choza deteriorada y con apariencia de
abandono, estaba seguro que si la soplaba fuerte se derrumbaría completamente.
Me senté en el jardín a esperar a Caperucita, pero con el paso del tiempo mi
aburrimiento crecía, así que decidí tocar la puerta de la casa.
-¿Quién es?-
dijo una débil voz del otro lado de la puerta.
-Soy yo-
respondí sin pensar en lo absurdo de la respuesta. La anciana abrió confiada y
en seguida me dijo:
-¡Caperucita,
qué fea estás! ¿Qué me trajiste hoy?
Evidentemente
la sutileza no era su fuerte y la Abuela necesitaba anteojos porque, no seré
hermoso, pero tampoco para tanto. Ignoré su comentario y le pregunté cómo se
sentía, el segundo error del día, porque la anciana comenzó a hablar y hablar
sin detenerse. Probablemente hablar demasiado era algo de familia, la señora me
decía que yo había aumentado de peso y que mi tapado de piel era áspero y
opaco. Luego me criticó la nariz y las orejas grandes. ¡Qué odiosa anciana! De
repente me cansé y sin pensarlo la devoré. Al segundo me sentí muy culpable.
-¡Pobre
abuelita! ¿Qué he hecho?- me preguntaba en voz alta angustiado. En ese instante
alguien tocó la puerta, ¡era Caperucita! Impulsivamente me puse el camisón de
la anciana y me metí en la cama ocultando mi hocico, de esa forma evitaría que
su nieta se entristeciera por la pérdida.
-¿Quién es?-
pregunté agudizando mi voz.
-Soy
Caperucita Roja- respondió con una voz agitada del cansancio, debía estar
cansada por la larga caminata.
-¡Caperucita
querida! Adelante, ¿Qué me trajiste? – le dije imitando la poca sutileza de su
Abuela.
-Abuela te
traje torta y un tarrito de mantequilla que te envía mi Madre.
Con gusto
probé la comida, pero era tan horrible que la tuve que escupir a un lado de la
cama sin que la niña viera. Pronto la pequeña comenzó a hablarme, parecía un
interminable monólogo hasta que dijo:
-¡Abuelita,
qué brazos más grandes tienes!
-Son para
abrazarte mejor, hija mía- dije impaciente.
-¡Abuelita, qué
piernas más grandes tienes!
-Son para
correr mejor, niña mía- respondí cansado.
-¡Abuelita, qué
orejas más grandes tienes!
-Son para oír
mejor, mi pequeña- le dije al borde del colapso.
-¡Abuelita,
qué ojos más grandes tienes!
-Son para ver
mejor, mi dulzura- dije con hartazgo.
-¡Abuelita,
qué dientes más grandes tienes!- Ya no soportaba más esa situación denigrante,
esa niña con sus insultos logró sacar lo peor de mí, me cansé y grité:
-¡Son para
comerte!- y eso hice. Me la devoré porque era lo mejor, ninguna de las dos
tenían derecho a tratarme de esa manera, yo no había hecho nada para ser
insultado así. Finalmente me dirigí a la oscuridad del bosque y desaparecí de
la casa sin dejar rastros.
Y así, mis
queridos nietos, termina su cuento favorito en donde su abuelo el Lobo se hizo
famoso. Espero que la hayan disfrutado tanto como yo, porque esa aventura termina
con un final feliz, al menos para mí.
