Mientras iba paseando por la gran ciudad, observé a lo lejos a una niña que había visto en el tiempo de “Había una vez”, pero en ese tiempo no había podido comérmela, entonces decidí espiarla para poder lograr mi objetivo frustrado en ese entonces.
El primer día la observé mientras jugaba, cuando
la miraba me preguntaba si aún vivía con su mamá o tal vez con su abuela, de ser así lo cual iba
a ser doble plato para mí, ya deben haberse dado cuenta de quién soy, pero no
se preocupen a ustedes no me los comeré.
Saben el segundo día observé a Caperucita
salir a comprar al supermercado, el tercer día la vÍ jugando en el patio, el
cuarto regaba las plantas, todos estos días sin compañía, entonces me dije:
“Viviendo sola es mucho más fácil entrar a la casa y comérmela sin problema,
nadie se dará cuenta”.
Me dispuse entonces a preparar mi
emboscada, un plan perfecto, pero me surgió un problema, Caperucita Roja estaba
muy flaca entonces decidí engordarla con unos deliciosos postres así estará más
apetitosa.
En ese instante regresé a mi casa,
fui a la cocina y me dispuse a cocinar un rico postre para Caperucita. Un poco
más tarde salí a llevarle unas ricas tortas fritas, previamente me disfracé
como un repartidor, llegué a la casa de Caperucita Roja, toqué el timbre y
salió ella diciendo:
- ¡Buenas tardes! - dijo
sorprendida.
- Buenas tardes niña, esto es para
vos, cortesía de la panadería – le dije con una voz tenue.
Caperucita al ver mis brazos
estirados me dijo:
- ¡Qué brazos tan grandes tiene! –
totalmente sorprendida.
Me puse totalmente nervioso no lo
voy a negar, pero enseguida le dije:
-Son para cargar mejor este pesado
postre que hay adentro- mostrando el paquete.
Rápidamente me volvió a hablar de
mi aspecto físico y me dijo:
- ¡Pero qué piernas tan grandes
tiene!
- ¡Hago gimnasia todos los días! –
respondí rápidamente con una sonrisa de oreja a oreja.
Caperucita me miró con cara de
sorprendida, sonrío y se despidió apresuradamente.
Al siguiente día pensé que podría
preparar para llevarle a Caperucita, así la engordaba un poco más para el día
de mi cena. De pronto se me ocurrió hacerle una rica torta, me dediqué así toda
la mañana a prepararlo. Al atardecer me puse mi disfraz de repartidor y me
dirigí a la casa de Caperucita, mientras caminaba pensaba en que le diría a Caperucita
ya que lo de la cortesía esta vez podría despertar dudas, entonces decidí que
le mentiría diciéndole que es su abuelita la que le manda las tortas, total
ella vive sola.
Al llegar toqué timbre:
- Tin, Ton…
- ¿Buena tardes, que necesita? –
respondió sonriente.
- Buenas tardes niña, tu abuelita
me dijo que te traiga este rico pastel – le dije.
Tuve temor en que me empiece a
preguntar dónde había visto a su abuelita, pero ella me lo recibió sin problema
como si estuviera convencida de que su abuela andaba de compras y me hubiera
mandado la torta. Yo no me hice tanto problema, me convenía que no pregunte
nada. Pero de pronto me dijo:
- Señor repartidor, ¡qué orejas
tan grandes tiene! – con un gesto de sorpresa.
- Es para escuchar bien las
ordenes de repartición niña – respondí con nerviosismo.
- ¡Repartidor, ¡qué ojos tan
grandes tiene!
- Son para poder observar mejor
las calles y así poder entregar los pedidos correctamente niña.
- Señor, ¡qué dientes tan grandes
tiene!
- Son para comer…
Y enseguida me interrumpió la
abuela de Caperucita que llegaba con unas bolsas de supermercado y dijo:
- Sí, señor lobo es para comer
todo lo preparado hoy por el cumpleaños de la mamá de Caperucita. También estas
invitado, y gracias por esa rica torta que trajiste.
Yo me quedé helado, mudo y
sorprendido hasta que Caperucita me dijo:
- Sí, Lobo sabemos que eres tú,
sácate ese disfraz y muchas gracias por la torta – asintiendo.
Caperucita, la abuela me abrazaron
y me invitaron a pasar a su casa. Yo ya no sabía qué hacer con tanta emoción
adentro, nunca me habían invitado a un cumpleaños.
- Pasa Lobo te prepararé algo
especial para ti – me dijo la abuela con una gran sonrisa.
Les contaré que acepté, celebramos, y comí muy
rico ese día.
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